Minientrada

The first time…

The first time he realized he was in love with her, there was a full moon in the sky.

The stars barely sparked, if they did it at all, in the dark tapestry over their heads. There was no wind. Crickets sang summer songs along with owls and other nocturnal birds, and the water of the lake was cold and quiet. The air was filled with the smells of the sand, dry below their feet, and wet on the shore, and also of the trees, of the grass surrounding them, of the sweat sliding down their bodies and with the fine scent of her long dark hair.

He looked at her in the same way he had done it for the past few months, with her body covered by small injuries, her mane picked up in a pigtail and her mouth drawing a severe line that was so unlike her usually bright smile. And her eyes… Her eyes were always on fire. Always shining. He was aware of his physical attraction to her. It started almost the moment he met her and her eyes, specially her eyes, had pursued him in his dreams, awake and asleep, since that day.

But that night, in contrast to her earnest face, her irises were smiling with all the passion in her soul. They were so bright and beautiful, as was everything in her, that his chest ached a lot at the first sight he recieved from her.

“It was inevitable”, he thought, amazed once more by the beauty in her, so conscious of himself. “I should have been prepared…”

But he wasn’t.

And now he didn’t know how to deal with it.


 

Editado tras las correcciones de mi querida amiga Megumi ❤ ¡Que no me acordé de mencionarla y eso no puede ser! ¡Gracias, peque! 🙂

Rutina

En realidad esta entrada no es para nada. No dice nada. No sirve para nada. No voy a expresar en ella ideas profundas, pensamientos arraigados o cualquier cosa que se me haya apetecido narrar o que haya recuperado del archivo de mi ordenador.

Lo hago para conseguir una rutina, porque me estoy dando cuenta de que últimamente estoy consiguiendo escribir con más asiduidad, no dejándolo de lado o abandonado. Quizás esto consiga que utilice el blog para algo, así como para ayudarme con mis propios escritos personales, mis novelas, el foro en el que roleo, etc. Incluso para desahogarme.

A veces creo que si dijese todo lo que pienso por aquí, se quedaría aislado en la nada.

¿Qué cosas, verdad?

Pues eso. Ya veis. Una entrada de blog que no dice absolutamente nada. También hay que tener habilidad para eso, ¿no creéis?

Que la tierra te sea leve

Hola, bisabuelo.
No te conozco, pero me duele el corazón de pensar en ti, porque no sé dónde estás. Me pregunto si alguna vez podré encontrarte y dejarte en un sitio digno donde descansar, y no donde te perdiste para no volver nunca.
El sabor a tierra es algo que no se va nunca de la garganta cuando imaginas una cara contra ella durante más de setenta años. ¿Debería dejar que se apoderasen de mí las lágrimas o la rabia? Ay… quién sabe. Ahora mismo me pesa demasiado el alma para permitir que algo más se adueñe de mi ser.
Quizás, y sólo quizás, si me susurras algo al oído mientras duermo, pueda seguir tu estela. Hasta el momento, lo único que puedo hacer es recordarme a mí misma que los caminos hablan y las pisadas de zapatos viejos impregnan la tierra. ¿Escapaste? ¿Corriste? ¿O te estrellaste contra los demás?
Bisabuelo, me dueles en el alma.
Ojalá pueda encontrarte.
Hasta entonces, que la tierra te sea leve.

Y entonces te echas a llorar…

¿Nunca os habéis preguntado cuán fácil es destruir el amor propio de una persona? En general, si no sois de las que os dejáis hundir de un modo u otro probablemente no, porque, ¿para qué? El vuestro está intacto la mayor parte del tiempo, así que entiendo que no tendríais por qué plantearos el que sea tan frágil como una rama seca, probablemente, y que sólo haga falta una mínima presión para que quien esté en frente de ti se venga abajo como si nunca hubiese podido sostenerse en pie por sí sola.

Quererse, aceptarse, es una de las cosas más difíciles de este mundo. Si no te han enseñado a hacerlo desde pequeña, o no has tenido una personalidad apabullante que te ha permitido tenerte en el sitio que te corresponde, es muy probable que no sepas cómo hacerlo. También creo, en realidad, que nadie se aprecia todo lo que debería, aunque en general son muchas las personas que son capaces de mirarse al espejo casi todos los días y sentirse satisfecho con lo que encuentran al otro lado.

¿Qué pasa cuando tienes una lucha directa contigo misma día sí, día no y día también? Cuando se suceden las mañanas y las noches y cada vez que te contemplas en el cristal sólo encuentras una imagen deformada de ti misma que te mira con ese aspecto siniestro y te recuerda que no eres más que un estúpido amasijo de carne que nunca llegará a ser una persona completa. No siempre aparece, e incluso hay temporadas en las que no se deja ver, y tú, inconsciente, feliz, piensas que podrás lidiar cuando vuelva a surgir.

Pero es mentira.

Vuelve, y cuando vuelve el golpe es mayor, porque en realidad pensabas que ya no iba a ser tan negra y tan amorfa. Pensabas que habías conseguido reducirla a lo más mínimo; incluso cuando eres consciente de que vas a tener esa mosca molesta detrás de la oreja todos los días, pensabas que estaba lo suficientemente diminuta como para simplemente golpearla con una mano y hacerla desaparecer. Y no. Vuelve. Y vuelve más fuerte y más arrollador. Vuelve, esta vez con una sonrisa aviesa en su rostro oscuro, y se ríe de ti.

Gorda. Estúpida. Inútil. Mírate. Eres asquerosa. Eres horrible. Eres lo peor que existe en este mundo. ¿Cómo te soportas? ¿Cómo te quieres? Madre mía, ¿¿cómo has podido pensar que estabas bien contigo misma?? Tú sigue así y verás. Sigue así y terminarás hecha una mierda. Es que eres repulsiva. ¿Cómo puedes salir a la calle todos los días y no sentir vergüenza? ¿Cómo puede alguien si quiera querer algo de ti? ¿Por qué te quejas? Si no estás haciendo nada para cambiarlo. Si eres una puta vaga incapaz de hacerlo. ¿Qué haces intentándolo, si quiera, si vas a volver a fracasar? Fracaso, que eres un fracaso. Húndete en la miseria, que es donde debes estar…

Es horrible. Y es duro de leer. Es duro decirte estas cosas a ti misma cuando te miras por las mañanas. Una a una. Todas ellas. Te golpean en la cara y te escuecen en los ojos. Te impiden moverte, te impiden respirar. Te crean una barrera que impide que cuando las personas te digan lo maravillosa que eres y lo preciosa que eres y lo bien que se te ve, te lo creas de verdad. Porque, ¿cómo va a ser cierto? Te están mintiendo porque te quieren, porque es imposible que no vean lo horrible que eres.

Y entonces te echas a llorar.

Es una lucha intensa y arrolladora. Es una lucha que sólo saca lo peor de ti mismo y te lo pone delante. En las series de televisión, en las películas y en los libros, de algún modo u otro la heroína o el héroe siempre encuentra la fuerza para hacerle frente y eliminarlo. Y parece que ya no va a volver nunca más, que es lo que pensaste en un principio. Y te frustras. ¿Por qué a esas personas no les vuelve y a mí sí? ¿Por qué no soy capaz de superarlo y de avanzar?

Porque la realidad es que estas cosas nunca llegan a dejarse de lado del todo. Lo ideal, ciertamente, es que permanezcan como una mosquita a tu alrededor y que seas capaz de hacerla desaparecer con un movimiento de tu mano. Simple y eficaz. Un gesto que elimine todos tus temores y que te proteja de ti misma, del daño que puedes hacerte. Una mano que al final te abrace, te acaricie y te quiera. Te ayude a quererte. Es tan complicado como conseguir detener la luz de las estrellas, pero es a lo que se aspira. Y sólo puede lograrse si cada vez que esa imagen deforme de ti misma aparece en el espejo y te mira, seas capaz de hacerle frente, incluso con lágrimas en los ojos.

De decirle BASTA a gritos. De pisotearla y de lanzarte contra ella con todas tus armas.

Eso no es verdad. Es mentira-mentira-mentira-mentira. Estoy dando lo mejor de mi misma. Puedo con ello. Sé que lo conseguiré. No doy asco porque soy así y es mi cuerpo, y tengo que convivir con él. Tengo que hacerle saludable y feliz, y aunque me cueste, sé que al final lo conseguiré. Sé puedo. ¡¡Sé que puedo!!

Y te chirrían los dientes. Y te duelen los músculos. Y te martillea la cabeza. Y te arden los ojos.

Y entonces te echas a llorar. Porque es a gritos como parece que tienes que aprender a quererte a ti misma.

QUIÉRETE, COÑO. HAZTE FELIZ. TRÁTATE BIEN. SE BUENA CONTIGO MISMA. TE MERECES DARTE AMOR. TE MERECES DEJAR DE PENSAR LO PEOR DE TI Y VER LO MARAVILLOSA QUE ERES. ESPABILA. LUCHA. NO LO DEJES. NO ABANDONES. LLORA Y RUGE AL MISMO TIEMPO.

Sé fuerte.

Y sigue llorando, porque esas lágrimas son de hierro y te ayudan a eliminar el mal que hay dentro de ti.

Nuestra lucha

Somos muchas, y estamos en cada una.

Somos todas, y una a una, y por eso no somos iguales. Porque no somos iguales, luchamos de forma diferente, buscamos cosas diferentes, pero dentro de lo diferente, aspiramos a lo mismo.

Nos apoyamos mutuamente, desde la espalda y desde el corazón. Nos abrazamos con los brazos y con el alma.

Luchamos con las voces de unas, los dientes de otra, las manos de aquella y golpeamos el suelo con las piernas y los pies de estas. Vemos en negro y en blanco, en rojo, en violeta. Hacemos al mundo nuestro con nuestros gritos, con nuestro dolor, con nuestro sufrimiento, con nuestras lenguas.

Somos muchas, y somos hermanas, porque somos todas y somos una a una. No estamos solas, porque nos tenemos las unas a las otras.

Somos mujeres. Y esta es nuestra lucha.

Rapsodia desencantada

Hay días que simplemente no tengo ganas de nada.

Me levanto, me acerco a la ventana del mundo y el panorama que veo a través ella es el mismo que siempre, gris oscuro, denso, hastiado, cansado de existir. Los reflejos de la muerte me miran desde el cristal de al lado y me lloran lágrimas de humo que nunca llegarán al suelo. Las sombras del hambre corretean entre sus pies de forma errática pero jocosa, como intentando hacer una broma cruel de todo aquello. El peso del mundo libre tuerce los hombros agotados de la anciana que no deja de balbucear entre delirios que por fin hemos alcanzado la suprema liberación de nuestra especie.

Y yo sólo cierro los ojos y me dejo acunar por la dolorosa certeza de la hipocresía, del autoengaño y la autoflagelación incitada por una culpabilidad que en realidad nunca tuvo razón de ser. La ansiedad se retuerce dentro de mí como si estuviese atrapada en un agujero oscuro y quisiese salir, pero yo no la dejo. En realidad no puedo dejarla, porque siento que si la libero me marcharé con ella a donde quiera que prefiera irse. Pero, ¿a qué lugar? ¿En qué dirección podrá dirigirse para estar a salvo de todo lo que le rodea?

Hay días que simplemente no tengo ganas de nada porque lo único que querría es escapar, salir corriendo de aquí, pero la desesperación de saber que no tengo dónde esconderme es lo único que me hace falta para retenerme. Y me quedo aquí, languideciendo, llorando, rabiando. Notando cómo el fuego me consume las entrañas y me dice ‘tienes que seguir adelante; tienes que luchar; tienes que hacer frente’.

Pero como hoy no tengo ganas de nada, ya lo haré al día siguiente.

Hoy, me conformo sólo con existir y ya está.